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lunes, 20 de octubre de 2008

Blogomemorias de Kostas Vidas III. Cap. VI

(viene de Blogomemorias de Kostas Vidas III, Capítulo V)
Dejar la actividad escolar por un año fue un alivio para mi madre. El hecho de añadir tan sólo tres horas de inglés a la semana al extenso horario de la tahona le brindó la posibilidad de empezar a preocuparse por su aspecto. Dolores II empezaba a ser mujer. Entre sus amigas se encontraba, María de los Llanos, hija de Amparo la estanquera, Llanita para los amigos, por asociación de su nombre y su falta de curvas femeninas. Acompañada de ella recibió el permiso de mi abuela para poder salir durante la Feria en Albacete. En el templado septiembre de la Mancha, Dolores II disfrutó del vino en las casetas, de los cigarrillos que Llanita robaba a su madre, y de algún que otro hombre, “baile y paseo”. Novedades para ella que había crecido entre el colegio y la panadería. Dolores I daba por hecho que algún vino o licor, además de algún cigarrillo, sería inevitable que cayeran en manos de su hija, pero lo que no estaba dispuesta a consentir eran rumores sobre lo corta que pudiera quedar su falda. Por su parte, Dolores II que había sido testigo del progresivo deterioro de su figura paterna no pensaba en novios o bodas, pero tampoco pensaba en quedarse a vestir santos sin tener en cuenta donde terminaba la paciencia de mi abuela.
A diferencia de lo que pueda pareceros, me divierte hablar de esto con mi madre, siempre y cuando no entre en detalles, claro. El caso es que ella se cura en salud con el hecho de que Llanita, pese a que era “feíta”, gozaba de muchos pretendientes gracias en partes iguales a su simpatía y al atractivo negocio del estanco que un día habría de heredar. Así queda explicado para ella que estuvieran toda la feria rodeadas de hombres que las invitaban a comer, a los toros, o las sacaban a bailar y les insistían con copitas de anís que se alejaran con ellos de la multitud. Conociendo su temperamento, la creo cuando me cuenta que, aunque fuese a la fuerza, sabía pararle los pies a cualquiera que se pasase de la raya. Lo que no sé ni quiero saber, es en que parte de su anatomía quedaba dibujada la raya. Doy fe por algunas fotos que mi madre, corpulenta y de carnes duras, era una mujer que gustaba, de las que no pasan desapercibidas en sociedad y a las que todo el mundo ve entrar o salir de una fiesta. Así que más de una vez la vieron, y más de una persona habló, llegando a los oídos de mi abuela las hazañas de su hija, que desconfiando de los rumores decidió esperar a sorprenderla ella misma. Acabó la Feria y con ella los pasodobles, así que las salidas de Dolores y Llanita se limitaron a las tardes de miércoles y viernes en las que no tenía clase de inglés. Los miércoles, mi abuela y su amiga Amparo celebraban en la trastienda del estanco junto con otras amigas las tardes del Chinchón, llamadas así por el juego de cartas y porqué con toda la finura del mundo se bebían dos botellas de anís.
Tras la Feria de Septiembre apareció en la vida de mi madre el bueno de Ramón, su primer pretendiente serio, abstemio y buen cristiano. A mi madre le gustaba, pero después de los devaneos de septiembre y con esas características supongo que le parecía poco hombre. Por la tontería adolescente de tener a alguien pendiente de ella, estuvo un tiempo dejándose querer. Hasta que un viernes, mi abuela vio por la ventana de su habitación que Llanita llegaba sola al estanco. Apagó la luz y esperó con la ventana entornada. Escuchó al tonto de Ramón, como en un cuento infantil, suplicándole un besito a Dolores, y a esta que se aguantaba la risa. Sigilosa, Dolores Ortega I bajo las escaleras, salió por la puerta de la tahona, dobló la esquina, se arremangó su poderoso brazo derecho y, cuando los labios de Ramón esperaban el anhelado beso de su novia se encontraron con una sonora bofetada. A mi madre, por el susto o por la situación se le escapó una carcajada repentinamente enmudecida por otro sopapo reservado para ella. Seguidamente, Dolores I cogió de la oreja a Ramón y poniéndolo de puntillas le explicó porqué no tenía que volver a andar a solas con su hija. Le soltó la oreja y se llevó a su hija a casa, que durante semanas sólo vio la luz para ir a misa y a clase de inglés. Ramón no volvió a dirigirle la palabra a mi madre. Esa es la forma que tienen las Ortega de espantar a los hombres. Me imagino al pobre idiota después de meses de cortejo la cara que se le quedaría, y encima sin haber visto un pezón.

Llegó el invierno con el frío seco de la meseta y sus tardes de radio que mi madre empleaba en sus cuadernos de inglés y en ensoñaciones sobre su próxima vida en la universidad, hasta que mi abuela empezó a levantarle el castigo. El primer paso fue llevarla a los miércoles de Chinchón. Llanita se había sumado a las timbas de su madre y había convencido a mi abuela para que invitara a su hija. Y de ellas surgió el bingo de los domingos por la tarde. Tuvo cubiertas unas horas de esparcimiento hasta el siguiente septiembre. El anís y los cigarrillos Lola, que sólo allí mi abuela permitía fumar a mi madre, no estaban tan mal. Dolores sabría esperar, sin pensar que estudios quería cursar, sabía que no se cursaban en Albacete.

viernes, 26 de septiembre de 2008

Blogomemorias de Kostas Vidas III. Cap. V

Así pues tenemos a Dolores Ortega I, con sus dos hijas, mi madre Dolores en plena adolescencia y mi tía Marina de apenas diez años que la ayudaban en el horno al salir del colegio. Tres mujeres solas y un negocio, el mejor estado al que se podía aspirar entonces si el marido te salía rana. Bien es cierto que por aquellos tiempos, la base social del nacional catolicismo era la sagrada célula familiar fuera de la que el marido podía hacer lo que le viniese en gana, que no así la esposa, y el divorcio apenas sí lo nombraba el diccionario. Pero existía el “ahí te quedas” o el “a la puta calle”, que inspiró a mi abuela para echar al holgazán de su marido de su casa sin ni siquiera abrir la boca. Eso sí, el mantecado de derechas que le dio le hicieron presagiar lo que le esperaba si se quedaba. Una mujer sola siempre ha alimentado las suspicacias de los vecinos en toda nuestra geografía. Es un hecho contrastado, que no ha podido llegar a contrarrestar del todo ni siquiera la prensa rosa, aunque la televisión, con sus nuevas formas de cotilleo, haya seducido un poco a las antiguas viejas paparazzis a retirar las lentes de sus objetivos detrás de las persianas. En realidad, mi abuela había tenido una conducta intachable dentro de los cánones sociales del momento; trabajaba sin descanso, consciente de la importancia que se le daba a las prácticas religiosas no faltaba a ningún servicio de los prescritos en el antiguo catecismo, mantenía clara la línea de respeto que sus hijas debían tener por ella y por sus vecinos, y por supuesto, no iba sola al bar. Pese a todo, un hecho concreto hizo a mi abuela materna ganarse el respeto de sus conciudadanos ante las especulaciones que alimentaron las tabernas de Albacete los días después de la desaparición de mi abuelo; se corrió la voz de que mi abuela había pagado hasta el último real de la deuda.
Aconsejada por Amparito la estanquera, canceló la cuenta bancaria de la tahona y abrió otra a su nombre. Así mismo, sacó el dinero escondido de solo ella sabía que escondrijo y abrió dos plazos fijos a nombre de las pequeñas hasta su mayoría de edad. El horno siguió funcionando y le extrañó que la clientela no le hiciera preguntas al respecto hasta que un día apareció Don Martín, oficialmente responsable en la ciudad de una conocida casa de seguros, y extraoficialmente organizador de las timbas más importantes de la región desde Toledo hasta Valencia. Esperó a que el horno se vaciase y pregunto a las pequeñas por su madre, que salió al mostrador antes de que la llamaran. ¿Qué desea? ¿No había bastante?¿Todavía debe más? Pues búsquelo.- ¿Podemos hablar a solas un momento?- Las niñas se quedan, ya son mayores para saber lo que ha hecho su padre.- Doña Dolores, discúlpeme, no vengo a extorsionar, no es ese mi trabajo. Vengo a comunicarle que dado que usted mostró la dignidad y honestidad de las que adolece su marido, y puesto que dos días después de solventar usted la deuda, oí a varias mujeres a la salida de misa especular sobre su honradez, me permití la libertad de enviar, a los mismos caballeros que vinieron a cobrar y a los que usted atendió tan amablemente, a dejar constancia en todos los bares y lugares de ocio que usted ha cumplido religiosamente con los pagos de su marido y que es una esposa y madre ejemplar. Del mismo modo, si en algún caso se dudara públicamente de sus buenas costumbres, haríamos cambiar de opinión al responsable con nuestras convincentes técnicas tradicionales. Nada más. Bueno, le dejo una tarjeta, le comunico que su marido es persona non grata en nuestro círculo, y que si alguna vez él la importunara, no dude en ponerse en contacto conmigo, recibirá la misma protección de la que gozan mis asociados. Por cierto, ¿tiene asegurada la tahona?. No, bien. Enviaré a Don Carlos a que le haga una propuesta ventajosa para usted.
Al día siguiente, reforzada moralmente por el apoyo que en cierto modo había comprado, y orgullosa de salir al paso con sus dos pequeñas, encargó sustituir el viejo letrero por un flamante luminoso en el que se leía “LAS ORTEGA. Panadería y Pastelería”. A partir de este momento, el instinto de supervivencia le dictó nuevas conductas a Dolores I que bajo su supervisión veía crecer sanas y nobles a sus hijas. Tras cerrar el horno por la tarde, les enseñaba a hacer caja y llevar las cuentas del negocio, les explicaba lo duro que es enfrentarse sola a ciertas situaciones y lo importante que sería que fueran leales la una a la otra, que bastantes desaguisados de familia había visto. Les decía también, especialmente a mi madre que ya estaba en edad de merecer, que se creyeran lo suficientemente independientes antes de casarse y que miraran con lupa a su futuro marido. Dolores había acabado el bachiller y el preuniversitario y decidió, pese a la insistencia de su madre para que fuera a la universidad, estar un año trabajando a tiempo completo con ella hasta decidir que quería estudiar. La panadería rendía más por aquel entonces que un secretariado, respondía mi madre. En sus ratos libres aprendería inglés. El desparpajo heredado por línea materna y alimentado con el trato al público desde el mostrador ayudó a mi madre a espantar a más de un pretendiente. Fue por aquel entonces cuando Dolores II empezó a pensar que si seguía estudiando, quería hacerlo en otra ciudad. Albacete se le había quedado pequeño.

jueves, 21 de agosto de 2008

Blogomemorias de Kostas Vidas. Cap. IV

(viene de Blogomemorias de Kostas Vidas, Cap. III)

Dolores siempre recriminó a mi abuela la elección de su nombre, aunque lo aceptó con el paso de los años y supongo que no lo cambió por respeto a su madre. Si alguien piensa que la tradición cristiana española ha respetado lo más mínimo a la mujer hasta bien entrados los años ochenta del pasado siglo sólo tiene que echar un vistazo para desengañarse a una larga retahíla de nombres entre los que se incluyen Dolores, Angustias, Socorro, entre otros. Mi madre, a diferencia de lo que hizo con su apellido, no cambió su nombre por respeto a la memoria de su madre, Dolores I, ni siquiera puso en uso el diminutivo Lola. Su abuela heredó en viudedad un viejo horno de leña, en el que por otra parte había trabajado desde que se casó y que le trajo serios problemas. La extraña muerte de su abuelo llevó a su esposa a los tribunales ante lo que parecía un caso de envenenamiento acusada por su cuñado que según mi madre era la otra parte interesada en heredar el horno. La falta de pruebas y la autopsia estuvieron de su parte, y el caso se archivó, pasando a figurar en los libros de la parroquia como una muerte por miserere. Sin embargo, el rumor, más antiguo y más rápido que la corriente eléctrica, estigmatizó a mi bisabuela y a su hija. Así que, tan pronto como pudieron, vendieron el antiguo negocio y se mudaron a Albacete donde abrieron otra tahona en una vieja casa que les permitió habilitar un dormitorio para cada una. Por supuesto, el rumor llegó rápido a Albacete, pero la rivalidad entre municipios y la pronta muerte de la abuela tan sólo dos años después, anciana y cansada de ruines emociones, dio poca credibilidad al asunto. Mi joven abuela, Dolores I, se vio en la tesitura de lidiar con el nuevo horno ella sola, que si bien requería un trabajo arduo y sin descanso, no se vio obligada a repartir beneficios ni a realizar gastos extras durante los primero años. Cumplidos los veintitrés años, mi abuela había comprado ya una casa en el centro a fuerza de trabajar con tesón toda la semana. Cerraba puntualmente los domingos antes de misa de doce para asistir y ganarse el respeto de sus conciudadanos. Una buena salud, un carácter fuerte, un negocio rentable, el aumento de posesiones, y una presumida virginidad garantizada por el vecindario provocaron la aparición de pretendientes por el horno de pan. Se llevó la palma Don Cristóbal Méndez, un apuesto viajante de harinas que cada lunes por la mañana de idas le rebajaba amablemente unos céntimos por costal y cada viernes de vueltas, le obsequiaba con una botella de anís o algún dulce típico de algunos de los pueblos que visitaba. Don Cristóbal, con la excusa del cansancio acumulado, no tardó en quedarse en alguna posta los viernes por la noche para repetir visita a Dolores I el sábado por la mañana.

Una mañana de Domingo de Ramos, minutos antes de cerrar la tahona para asistir a la celebración, apareció Don Cristóbal acicalado y con su traje de los domingos con el ánimo de acompañarla a la procesión e invitarla a comer. Unas horas después, a la compañía de dos anises y unos panes de calatrava, Don Cristóbal se declaró y le ofreció un anillo que Dolores Ortega I aceptó de buen grado. Seis meses tardó la ceremonia en prepararse, durante los cuales, como por arte de magia, el horno empezó a dar mayores beneficios con los que mi abuela aprovechó para comprar otra casa. Amas de casa se convirtieron en nuevas clientas a raíz de que se corriera la primicia. El cotilleo siempre sabe mejor cuando uno lo lleva de primera mano. No había mañana en que dos o tres vecinas no pasaran horas atosigando a mi abuela, sugiriendo los preparativos, labrándose una futura invitación y recogiendo información con la que componer la melodía de las persianas. En el horno había trabajo para ella y su futuro marido que había prometido dejar su oficio de viajante para embarcarse con ella en el oficio del pan. Dolores I ya tenía por fin una vida social, pero debido al exceso de trabajo y a las noches en soledad, no veía el día en que casarse. No tuvo problemas para la lista de invitados que fue colmada por las clientas más fieles. La familia paterna de Tobarra no fue invitada por el litigio judicial antes mencionado y por parte de Cristóbal Méndez tan solo asistieron sus padres y hermanos. Apenas se cumplieron los nueve meses de la boda, al calor del horno de pan, nació Dolores Méndez, más tarde Dolores Ortega II. Tardó tiempo en darse cuenta mi abuela que el elegante y elocuente Cristóbal no era más que un holgazán y, cuando empezó a comprenderlo, los menesteres del horno, de la pequeña Dolores y cinco años más tarde de su hermana Marina, no le dejaban fuerzas para discutir e intentar meterlo en vereda. El zángano de mi abuelo que tras el mostrador de la panadería aparentaba ser una mosquita muerta, se aficionó a la bebida, el juego y quien sabe a que otras veleidades. La rentabilidad del negocio que debía atender bien al matrimonio y a las pequeñas empezó a resentirse por la ligereza de la mano de Cristóbal. Llegado este momento, mi abuela empezó a marcar la caja de cerca, dejando el cambio y escondiendo el dinero para garantizar al menos el bachiller de las dos niñas. Las niñas crecieron entre los gritos del padre a la madre y viceversa. Según mi madre, a menudo mi abuelo llegaba borracho y empezaba a buscar el escondite del dinero haciendo mucho ruido, mi abuela se levantaba y empezaba la discusión hasta que mi abuelo indignado se subía a la habitación a dormir. Dado que Dolores I comenzaba a hacer pan a las tres de la mañana sumado a las pocas ganas que tendría de volver a la cama con semejante elemento, ya permanecía despierta, el cansancio agotaba sus nervios y su paciencia. Poco después de cumplir mi madre los dieciséis años a las borracheras de mi abuelo se le añadieron las ganas de abofetear a alguien y, ¿cómo no?, le dio por mi abuela. Mi madre recuerda tres veces, dos las oyó desde el dormitorio mientras consolaba a su hermana pequeña, y a la tercera se le ocurrió ir a la habitación a defender a su madre. No llegó a tiempo. Mi abuela con un brazo bien trabajado de amasar pan durante toda la vida le saltó dos dientes de un derechazo. No volvió a importunarla. La noche siguiente volvió borracho. Esta vez, entró sigilosamente, subió al cuarto de las niñas y se puso a llorar y a decirles que las quería mucho. Mi madre recuerda esto con fuerte agror. Ella despertó primero, y mi abuelo entre sollozos empezó a preguntarle si sabía donde guardaba mi abuela el dinero. Al poco despertó la pequeña Marina, a la que se le contagió el llanto de su padre. Dolores I se despertó y sólo necesitó asomarse al dormitorio de las niñas para sin mediar palabra hacer volver al cobarde de Cristóbal a su habitación. Ella se acostó con la pequeña. No volvieron a ver a su padre. Mi madre empezó a ayudar a mi abuela en el horno cuando salía del colegio, y días más tarde de la desaparición de mi abuelo se presentaron dos hombres preguntando por él. Había dejado una deuda en juego clandestino que le costó a mi abuela la segunda casa que había comprado. Aún así mi abuela recuperó la alegría los años que le quedaban de vida.

miércoles, 9 de julio de 2008

Blogomemorias de Kostas Vidas III-3

Viene de Blogomemorias de Kostas Vidas III-2

Dado que en Grecia siempre se me ha considerado español, y en España griego; que mi padre me ha considerado macedonio y mi madre manchego; que el estado griego me dio la nacionalidad griega y el español, la española... Dado que nadie me ha preguntado nunca mi opinión al respecto y a mí, por suerte, nunca me ha importado demasiado, describiré en este y el siguiente capítulo unos breves trazos de mi genealogía con la intención de seguir incordiando durante un rato al lector. Una de las razones por las que las banderas y los escudos me importan poco más que el serrín, por no empezar a utilizar términos escatológicos, es su origen. Querido lector, huye de aquel que te diga que sirven para unir o para identificarnos; está abducido. Las banderas y los escudos tienen su origen en sociedades y comunidades en las que la vida de la gente de a pie no valía un mísero suspiro. Por esos símbolos fecales, han impulsado, atemorizado y convencido a pasar por fuego y espada a generaciones de personas como tú y como yo. Dejando a un lado las razones históricas, allá donde he ido siempre he encontrado gentes de diverso calado, pero las mismas gentes en todas partes, ¿por qué debo entonces sentirme orgulloso de mi origen? Tan solo es una cuestión de suerte la geografía en la que se encuentra el coño materno que se presta de puerta al mundo. Dicho esto, porqué tenía la oportunidad y porqué me apetece, voy a pasar al tema de la saga paterna.

Mi abuelo fue, según mi padre Kostas Vidas II, Kostas Vidas I, que a su vez era hijo de Nicólas Vidas sin número. De este último, mi padre ha eludido siempre hablarme, parece ser que por alguna duda relacionada con la pureza de sangre de su abuela, que de haberlo reconocido tanto dolor podría haber causado en su alma y orgullo alejandrinos. A mí tía Magdalena Ortega se le escapó entre dientes que mi bisabuela era mora, pero mi madre la hizo callar a tiempo. Por “mora”, deduzco que se trataría de una mujer de origen turco, porqué para los españoles y el alto nivel cultural que dejaron cuarenta años de nacional catolicismo, moros lo son hasta los hindúes. Pese a todo, yo nunca he puesto en duda la pureza y genealogía de sangre de los Vidas ante mi padre porqué, aunque no tenga certeza sobre ellas, sí tenía y aún tengo certeza sobre la pureza y genealogía de sus bofetadas, que han dejado un lejano eco que vuelve a mi memoria cada vez que meto la pata en cualquier asunto. Así pues, anterior a Nikos Vidas, no me constan referencias. El apellido Vidas tampoco es común en Grecia, lo que me lleva pensar que mi bisabuelo también pudiera haber llevado sangre híbrida. “Vidas” se me antoja como la adopción de un alias en apellido. Vida en griego significa clavo o tachuela. Así que teniendo en cuenta que de mi abuelo y mi padre he heredado la susodicha desproporción craneal, se puede intuir que mi bisabuelo también se pudiera adjudicar el símil. Mi memoria consuetudinaria respecto a mis antepasados paternos se remonta por tanto hasta Nikos Vidas Sin Número que siempre mandó sobre Kostas Vidas I y su familia. A la muerte del viejo Nikos, fue el primer Kostas Vidas el que mando sobre Kostas Vidas II y su familia, hasta que el primero pasó a mejor vida cediéndole el bastón de mando a mi padre, quien nunca supo que hacer con él si no lo acompañaba de un sonoro sopapo. Por otro lado, dado que mi padre vivió en su infancia la guerra civil griega, mi abuelo ésta además de la segunda guerra mundial, y mi bisabuelo participó en la invasión de Creta, en la Primera Guerra Mundial y vio desde la vejez la segunda, quiero creer que por aritmética, a mí no me toca vivir ninguna. En todo caso, haré lo posible por evitarlo.

Una vez venido yo al mundo, el orgulloso Kostas Vidas II y la abnegada Dolores Ortega que empezaba a creer que nunca volvería a su tierra natal decidieron asentarse definitivamente en la vieja Creta. Mi padre encontró un trabajo de repartidor de licores, muchos de ellos de contrabando, que entraban por el viejo puerto de Candia, con el beneplácito de las familias dominantes. Buscaron una pequeña casa de dos plantas cuyo patio trasero servía de almacén clandestino y pasamos los siguientes años allí sin dejar de abrir la caravana-bar durante los veranos.

miércoles, 18 de junio de 2008

BLOGOMEMORIAS DE KOSTAS VIDAS III-2

(viene de Blogomemorias de K.V.III-1)

Siempre es difícil reconstruir la vida de uno mismo, a partir de lo que nos cuentan los demás, cuando la memoria se ha diluido en el café del pasado. Mi madre nunca ha culpabilizado al destino de su suerte, y yo intento mantener esa actitud propia de los Ortega. Teniendo en cuenta el riego de sangre balcánica que he heredado por vía paterna, supongo que venir al mundo en una caravana es una forma suficiente digna de hacerlo. Sabiendo que la civilización occidental se sustenta sobre la idea de un niño que vino al mundo con su familia de paso en un portal, no tengo porqué avergonzarme de ello. Acudo a lo que dice mi madre porqué mi padre más que decir, maldecía, y porqué ahora que ya no está entre nosotros tampoco puedo preguntarle. Así que, con la información de mi abnegada madre, intentaré reconstruir el puzzle de mi pasado con las pocas piezas que me han dejado.

Poco le duró el reposo post parto a la pobre Dolores, no sé si por la capacidad, edificada generación tras generación por el milenio de cristianismo más duro de cualquier geografía, de la mujer española a sobreponerse ante el desamparo, o por el incordio de ver la parsimonia griega con la que Kostas Vidas II, harto de ouzo*, trajinaba en la terraza. La mañana siguiente al primitivo parto, la manchega de anchas caderas y fornidos brazos servía retsina** fría, ouzo, freía boquerones y daba de mamar al pequeño pero voraz cabezón ansioso de calcio para cimentar las paredes del excelente cráneo. Supongo yo que, ahora en la distancia y fiel a la tradición del amplio arco mediterráneo, Dolores Ortega blasfemaría con todo el repertorio castellano mientras observaba la paz de espíritu con la que su marido recogía los vasos de las mesas. Orgulloso y tranquilo, borracho también, se paseaba de mesa en mesa invitando a todo parroquiano a un trago, sentándose con ellos a brindar por la alegría de su primogénito varón, mientras que éste, el que ahora escribe, se amorraba como una pertinaz sanguijuela al pezón de Dolores, que teta al aire trabajaba sin parar(permítame el lector el símil de la sanguijuela, pues los niños, aunque yo también lo haya sido, solo me parecen adorables desde el momento que aprenden a limpiarse los mocos por si mismos).

La buena nueva pronto se corrió por las estrechas calles que pueblan los alrededores del puerto de corte veneciano con el que Candia mira al mar y su antiguo Haman, así que pescadores y comerciantes, pronto aparecieron como los bíblicos pastores a adorar al niño, y porqué no, también a beber gratis. Pronto se pobló la calita de coches, motos, y gente que también vino a pie recorriendo los cuatro kilómetros que nos separaban de la ciudad. Según Dolores, nuestro perro comecordonesumbilicales Diógenes salía a recibir a todo aquel que llegaba a darles la bienvenida, indicándoles con alegría el camino a la barra, donde mi cabeza digna de circo recibía pucheros sin descanso. Ya pasado el mediodía apareció, acompañando al bueno de Diógenes, el doctor Zanasis. Mi padre ya sin camisa, le saltó encima abrazándolo y besándole la calva cuando este se quitó el sobrero cortésmente para felicitar a mi madre por el parto y la buena salud de sus mejillas. Mi padre pidió ouzo para el médico, y aunque éste sinceramente dijo que venía a interesarse por la salud del retoño y la parturienta, lo obligo a beber hasta no poder distinguir a un niño de un melón. Poco después, Kostas Vidas II y su amigo Zanasis dormían la mona en unas sillas bajo una sombrilla. Sostiene Dolores, que una vez bajó el ritmo de trabajo entró a la caravana a limpiarme y cambiarme y que, una vez cubierto este expediente, tomó dos botellas grandes de agua fría y las dejó caer, una sobre la cabeza del médico y la otra, sobre la del tabernero ante las risas de los demás parroquianos. A voz en grito, envió a uno a recoger la terraza, y al otro a auscultar y reconocer al pequeño.

Kostas Vidas II, en su sana costumbre, ignoró las indicaciones de su mujer, y apareció tras ellos en la caravana para incordiar durante todo el reconocimiento. Que el doctor me miraba las pupilas, tras él mi padre le arrebataba la linternita y me las miraba él mismo. Que el doctor me auscultaba, tras un “déjame a mí” cogía el estetoscopio y escuchaba mi corazoncito estresado ante tanta expectación. Mi padre, como buen griego, no conocía a la Sra. Modestia, y por tanto, pues sabía de todo, aunque su idea de la medicina se limitara a limpiarse con ginebra las heridas que había sufrido en su etapa de pescador. Dolores y el Dr. Zanasis mantuvieron la calma hasta que llegó el comprometido reconocimiento genital. Mi padre cogió con fuerza la mano del doctor y le preguntó qué hacía, mi madre que si “¡deja al doctor!”, mi padre que si “tu cállate”, el doctor que “hay que ver si sufre de fimosis”, mi padre borracho abofeteando al doctor, mi madre colgada del cuello de mi padre “¡qué te vayas fuera!”, mi padre que “¿qué es eso de la fimosis?”, el doctor que si no sé qué del frenillo, mi padre que si “nadie le arremanga el capullo” a su hijo excepto él, y yo allí, llorando el lamentable espectáculo. Al final el doctor Zanasis, dijo: vale, vale, Kosta, tu le arremangas y yo miro. Respiraron todos, mi padre con la delicadeza de un gorila arremangó, yo me puse a llorar otra vez, y el doctor Zanasis sonrió sudoroso a ambos padres diciendo que el niño gozaba de buena salud y que el reconocimiento había sido un éxito. Imagino la escabechina que hubiera sido capaz de hacer mi padre si hubiera sido necesario operarme de fimosis, aunque el espectáculo del reconocimiento prefiero asociarlo a la bebida puesto que en otro caso la conjetura me resulta escalofriante. Pese todo, tengo que agradecer que, dadas las circunstancias en las que vine al mundo, el doctor encontrara al recién nacido lo suficientemente sano para que ahora les esté incomodando con el relato de su vida.

*ouzo: aperitivo de alta graduación destilado de anis. Se bebe solo, con hielo o con hielo y agua muy fría.

**retsina: vino que una vez reposado en barrica de pino recoge el sabor y aroma de esta madera.

miércoles, 11 de junio de 2008

BLOGOMEMORIAS DE KOSTAS VIDAS III-1

Nací un día de julio de 1975 entre el murmullo de una tabernita de verano que regentaban mis padres en una de las calitas que visten el flanco occidental de Candia. El olor del boquerón frito y la sardina a la plancha provocaron en el sensible olfato de preñada de Dolores Ortega unas nauseas que derivaron en las primeras contracciones. La señora Smith, una comadrona inglesa que acababa de vaciar una botella de Cinzano Rosso en la soleada terraza que presidía nuestra caravana-bar, se hizo cargo de los detalles técnicos del parto tras escuchar los alaridos de mi madre que escapaban por las ventanas abiertas. Mi madre siempre dijo que hubiera parido sola de no haber salido yo a mi padre, sobretodo en el diámetro de mi cabeza, característica que según él, ha distinguido siempre a los Vidas del resto de mortales. Esta apreciación orgullosa y estoica del perímetro craneal familiar difiere de la mía debido a tantos percances y humillaciones de los que ha sido víctima la extensión mundial de mi cabeza. Mi padre, Kostas Vidas Segundo, apenas si fue a la escuela, para entender la humillación de una lluvia constante de objetos sobre tu cabeza. Quizá no pudo disfrutar lo suficiente de la virtud del juego en la infancia pero así tampoco sufrió la constancia accidental que convirtió mi cabeza en un lienzo cubista imposible de disimular por la afición estalinista de mis padres a raparme la testa para evitar la acumulación de fauna parasitaria en tan vasto territorio. Durante toda mi infancia, bien por el peso basculante sobre el tronco, bien por una falta de destreza innata en mi sistema locomotriz, todas mis caídas fueron amortiguadas por alguno de mis hemisferios o lóbulos, con consecuencias que hoy aún no he podido valorar: si llego a la cincuentena con una mayor habilidad mental que la de Tyson podré estar satisfecho.

Cuenta mi madre Dolores, que apenas la sajona comadrona cortó mi cordón umbilical, nuestro perro Diógenes ya se lo había arrebatado quizá harto ya de masticar cabezas de sardina y alertado por el olor a entraña que debemos desprender todos al salir del útero materno. Cuenta también, y esto de forma reiterada ante cualquier visita, da igual que sean amigos, familiares, o el técnico que viene a leer el contador de la luz, que mi padre y la ebria inglesa, ante la estupefacción de los clientes que se amontonaban en la puerta de la caravana, discutieron tan airadamente por darme el cachete en el trasero, el uno en griego y la otra en inglés como si hubiera alguna posibilidad de entendimiento, que me puse a llorar por no escucharlos. Aún así, mi padre, empeñado por su derecho legítimo a endosarme la primera ostia, no se pudo quedar con las ganas. A ver si se te iban a quedar dentro,... pedazo de bruto. Fue entonces cuando, recién arrebatado de las blancas manos británicas, mi padre Kostas Vidas Segundo con orgullo macedónico, apreció la buena nueva, su mujer había parido un varón. Mi padre, quién sabe si a empellones con mi cuerpecito, apartó al público de la puerta de la caravana, y en actitud solemne desde el escalón de entrada me mostró sujeto por los tobillos en alto, como si fuera un atún, y se creó un gran alboroto. Posteriormente, me acercó al depósito de agua, que reposaba todo el verano bajo el inmisericorde sol cretense, abrió el grifo, y me lavó. ¿higiene?¿quién necesita higiene si tienes sangre balcánica?. Quien sabe si por el peso del vaivén pendular de mi cabeza, por la falta de destreza de mi padre, o por ambas cosas, me escurrí y caí de cabeza sobre el entarimado de madera, abriendo la primera de mis cicatrices en plena coronilla. Mi padre se limitó a lavarme la herida, me puso bajo el toldo en la cuna de segunda mano que adquirieron en el mercadillo de la ciudad, e invitó a beber a todo el mundo. Poco después vino mi madre a mi lado, que ya se había lavado sola, consciente de que no lo iba a hacer nadie por ella.